
Nadie ve lo que pasa dentro de la crisálida.
La crisálida se vive.
Bar prep parece solo estudio, pero en realidad es un proceso de transformación.
Comencé este proceso el 15 de diciembre sabiendo esto. De hecho, lo nombré así: modo crisálida. Y me emocionaba pensar cuál sería el resultado de este rito de paso.
Imaginé que el resultado estaría relacionado con la resiliencia y la capacidad de aguante. Porque para quienes no lo saben, estudiar para el Bar implica dedicar 6–7 horas diarias (como mínimo) a estudiar y memorizar leyes federales, sus excepciones y las excepciones de las excepciones, además de las leyes estatales correspondientes, con sus propios niveles de complejidad. Implica hacer cientos de exámenes de práctica durante diez semanas continuas, siete días a la semana.
Todo esto para sentarte en un examen de dos días donde debes responder 300 preguntas de selección múltiple con aproximadamente un minuto y medio por pregunta, y escribir varios ensayos, todo contra el reloj.
Entonces, hacer algo así requiere disciplina, autocontrol, autorregulación y un ecosistema de contención emocional (del que hablé en otro post). Por eso sabía que sería un proceso de transformación profunda: enfrentarte contigo mismo, sostenerte en los días difíciles y presentarte una y otra vez ante la rigurosa rutina de estudio.
Pero lo que nunca imaginé fue que tocaría las fibras más profundas y fundamentales de mi identidad.
Durante esas diez semanas, hubo días de silencio, de renuncias, de información abrumadora, de golpes inesperados de la vida, días en los que dudé de mí. La vida no se detuvo para que yo pudiera estudiar. Y aun así, seguí. En mi modo crisálida, y es en esa oscuridad y en la soledad donde empiezan a caer capas.
El punto de quiebre
Estaba atrasada en el programa riguroso que hay que seguir día a día en esta preparación. Buscando un poco de dirección, pues me enfrenté con una verdad que hablaba desde la estadística y del calendario: que ya no tenía tiempo suficiente para lograr la preparación requerida para el examen. Que lo mejor sería no presentarme.
Curiosamente esa noche tuve un sueño que respondió a eso con un: “If you made it this far, you’re ready.” (post sobre el sueño aquí)
No lo vi como una premonición, lo vi como un reconocimiento al camino andado, al esfuerzo realizado, al proceso iniciado. Y el proceso no estaba probando cuánto sabía. Estaba revelando cuánto dudaba.
Estaba preguntándome: ¿eres capaz de creer en ti? ¿Eres capaz de confiar y vivir la experiencia?
Y eso fue más fuerte que cualquier materia.
Lo inesperado
En medio de toda la presión ocurrió algo que jamás imaginé que sería parte de este proceso.
Un magistral espectáculo cultural me sacudió profundamente. No fue la música. Fue el mensaje. Ver a alguien sostener su lengua, su cultura y su identidad —que también son las mías— sin pedir disculpas ni traducciones, me confrontó con algo que llevaba años suavizando dentro de mí.
Me di cuenta de cuántas narrativas había internalizado sin cuestionarlas:
Que había que bajarle dos.
Que había que adaptarse silenciosamente.
Que ocupar espacio era demasiado.
Que la latinidad —especialmente la caribeña— debía suavizarse para poder encajar.
Algo empezó a reestructurarse dentro de mí ese día.
Porque debemos entender algo: los que se quedaron luchan de una forma. Los que se fueron luchan doble.
Migrar no es solo cambiar de economía, como muchos pueden pensar. Es vivir en permanente prueba de legitimidad.
Probar que mereces estar.
Probar que eres competente.
Probar que tu acento no te hace menos.
Probar que tu cultura no es vulgar.
Probar que tu alegría no es desorden.
Y encima cargar con la culpa:
¿Hice bien en irme?
¿Mis hijos perdieron algo?
¿Traicioné algo?
Eso es pesado.
Entonces, ver a alguien decir, sin decirlo explícitamente: “No me vendí. No me suavicé. No me traduje.” no fue entretenimiento. Fue validación simbólica colectiva. Fue sanación ancestral. Y lloré.
No solo por nostalgia.
Estaba procesando identidad, migración, discriminación, colonialidad, asimilación, dolor histórico.
Y también algo más simple: orgullo de haber resistido.
Eso era el sistema nervioso diciendo: “Estamos vivos. Sobrevivimos. No nos apagamos.”
Integración
Días después, en un escenario completamente distinto, ocurrió otra pieza de esta integración.
Fui a un concierto con la música que marcó mi adolescencia. Música que forma parte de mis recuerdos fundamentales, de amistades entrañables, de mi carácter, mi rebeldía, mi sensibilidad. Amigos que ya no están en este plano.
En un momento del show, todos encendimos la luz de nuestros celulares mientras se interpretaba una canción escrita desde el duelo. El vocalista nos invitó a levantar esa luz por esa persona especial que ya no está.
Pensé en mi hermano.
Pensé en una amiga que compartió esa música conmigo.
Pensé en todos los demás que se han ido.
Lloré.
Pero no fue un llanto de vacío. Fue un llanto de presencia.
Porque entendí que se han ido, pero no se han ido de mí.
Están en mis memorias.
En mi carácter.
En mi forma de ver el mundo.
En la mujer que soy.
Esa luz no iluminó la noche. Iluminó mi memoria.
Y en ese momento internalicé que esta transformación no era solo profesional.
Era identitaria. Era histórica. Era espiritual.
Lo que murió en la crisálida
En la oscuridad no muere la esencia.
Mueren las estructuras que ya no sirven.
Murió la inseguridad constante.
Murió la duda paralizante.
Murió la impaciencia.
Murió el juicio.
Pero también murieron cosas más profundas:
Viejas estructuras mentales basadas en narrativas de colonialismo internalizado, exclusión y autoexclusión.
Esa idea de que hay que reducirse para encajar.
De que hay que demostrar el doble.
De que hay que pedir permiso para ocupar espacio.
No dejé de sentir miedo.
Aprendí a no obedecer el miedo que paraliza.
No dejé de ser quien era.
Dejé de querer disminuirla.
El regreso de la mariposa
No sé cuál será el resultado del examen.
Y ya no es el centro.
Lo que importa es que la persona que empezó el 15 de diciembre no es la misma que regresará ahora.
No porque se haya convertido en alguien distinta.
Sino porque dejó morir lo que ya no le servía para continuar esta nueva etapa de este viaje de la vida.
La transformación ocurre en silencio. En soledad. En oscuridad.
Desde afuera nadie la ve. Tal como lo viven las orugas en su crisálida.
Pero es real.
Y eso solo lo saben las mariposas.

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