
*Alerta de spoiler*
Este ensayo nace de una película, pero no pretende explicarla. Aun así, inevitablemente conversa con algunas escenas de su desenlace. Si aún no la has visto y deseas llegar a ella sin referencias previas, tal vez este sea un buen momento para guardar esta lectura para más adelante.
Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos. Hay otras que apenas comienzan cuando sales del cine.
Para mí, esta comenzó horas después, en un aeropuerto, con pocas horas de sueño, esperando un vuelo de conexión en Detroit, mientras mi mente seguía haciendo lo que más le gusta hacer: cruzar información.
Siempre he amado esa parte de mí.
Mi cerebro parece una biblioteca donde todos los libros permanecen abiertos al mismo tiempo. Un fósil conversa con una teoría científica. Una película conversa con una experiencia personal. La mitología nórdica conversa con una teoría conspirativa. Una conversación con mi pareja conversa con un tatuaje que veo por casualidad en una mesera horas después.
No intento detener ese diálogo. Al contrario. Me gusta observarlo.
Y mientras esperaba mi vuelo a Miami, comprendí que no estaba pensando solamente en una película. Estaba pensando en la forma en que los seres humanos construimos significado.
Quiero dejar algo claro desde el principio. No estoy escribiendo sobre lo que la película significa. Estoy escribiendo sobre lo que despertó en mí. Y justamente porque una de las reflexiones que me dejó fue sobre la percepción, respeto profundamente que otra persona haya salido del cine con una lectura completamente distinta a la mía.
Tal vez esa sea una de las primeras enseñanzas: dos personas pueden ver exactamente las mismas imágenes y vivir experiencias completamente diferentes. No porque una tenga razón y la otra no. Sino porque cada conciencia dialoga con el mundo desde una historia irrepetible.
Mientras mi mente seguía procesando la película, apareció una idea que no me ha soltado. Las preguntas fundamentales de la humanidad son eternas. ¿Quiénes somos? ¿Estamos solos? ¿Existe algo más allá de lo que podemos percibir? ¿Hay una inteligencia superior? ¿Hay verdades que todavía desconocemos?
Esas preguntas han acompañado al ser humano desde el inicio. Lo que cambia no son las preguntas.
Lo que cambia son los símbolos con los que intentamos responderlas.
Los antiguos griegos imaginaron a Zeus lanzando rayos. Los pueblos nórdicos imaginaron el Ragnarök. La Edad Media imaginó alquimistas, ángeles y demonios. Nuestra época imagina simulaciones, teorías conspirativas, gobiernos ocultos y federaciones galácticas.
No escribo esto para afirmar ni para negar ninguna de esas narrativas. De hecho, ese puede ser uno de los errores más comunes de nuestra época, creer que solo existen dos posiciones posibles: creer ciegamente o rechazar automáticamente. Nunca me he sentido totalmente cómoda en ninguno de esos extremos. Siempre me ha gustado aprender. Y creo que esa es la identidad con la que más me identifico.
Soy una aprendiz.
No siento la necesidad de elegir una única historia y defenderla hasta el final. Prefiero escuchar muchas historias y observar cómo dialogan entre sí. Me interesa la ciencia. Me interesa la filosofía. Me interesa la religión. Me interesa la historia. Me interesan las mitologías antiguas. Y también me fascinan las teorías conspirativas. No porque las considere necesariamente ciertas como hechos, sino porque las considero profundamente valiosas como expresiones culturales.
Con frecuencia me preguntan qué creo sobre ciertos temas. Y siempre me cuesta responder. No porque no tenga criterio, sino porque mi forma de aprender nunca ha consistido en reemplazar una idea por otra. Mi mente funciona más como una mesa redonda que como un tribunal. Las distintas perspectivas permanecen sentadas, dialogando entre sí, no llegan para derrotarse unas a otras. Algunas cambian. Algunas se fortalecen. Algunas desaparecen. Pero nunca por imposición, sino por evolución.
Cada mito dice algo sobre la civilización que lo crea. Cada historia revela un miedo, una esperanza o una necesidad colectiva. En ese sentido, las narrativas sobre extraterrestres me parecen uno de los grandes mitos contemporáneos.
Eso no significa negar la posibilidad de vida inteligente fuera de la Tierra. Sería absurdo hacerlo en un universo cuya inmensidad apenas comenzamos a comprender. Hablar de una narrativa como mito no es pronunciarse sobre su veracidad. Es reconocer su poder simbólico. Porque los mitos no sobreviven durante siglos por accidente, sobreviven porque hablan de algo profundamente humano. Pienso que los mitos no son importantes porque puedan demostrarse. Son importantes porque organizan la manera en que una civilización se piensa a sí misma.
Y entonces llego a la última palabra de la película. “Escucha.”
Muchos espectadores salieron frustrados porque nunca recibieron el mensaje que esperaban. Yo salí pensando que quizás el mensaje nunca era el contenido. Escucha. Me sonó como a una instrucción espiritual, o una invitación. Pero toda invitación lleva implícita una pregunta. ¿Estás dispuesto a escuchar? No a creer, no a aceptar, no a renunciar al pensamiento crítico. Escuchar.
Escuchar aquello que contradice tus ideas, escuchar aquello que no comprendes. Escuchar aquello que la ciencia aún no puede responder, escuchar aquello que las mitologías llevan miles de años intentando expresar con otros símbolos, escuchar incluso la posibilidad de que tu manera de entender el mundo siempre será incompleta, que no lo sabes todo.
Quizás por eso nunca me ha interesado coleccionar certezas. Prefiero coleccionar perspectivas.
No siento la necesidad de borrar una idea cuando llega otra, las dejo convivir, las dejo interactuar y las observo transformarse. Como dije, con el tiempo, algunas cambian de lugar, otras adquieren un significado completamente distinto; y otras permanecen, no porque las haya defendido, sino porque siguen dialogando con mi experiencia.
Quizás por eso amo tanto las mitologías. No porque necesite creer en ellas, sino porque me ayudan a comprender a quienes las crearon. Y quizás por eso también me emociona tanto pensar en extraterrestres y sus batallas galácticas, o en cualquier otra gran narrativa contemporánea. Porque antes que respuestas, veo preguntas. Y mientras la humanidad siga haciéndose las mismas preguntas con símbolos nuevos, seguiré sintiéndome profundamente fascinada por ese viaje.
No sé si algún día responderemos las grandes preguntas que nos acompañan desde el origen de nuestra especie. Tal vez eso nunca fue lo importante. Tal vez lo verdaderamente importante sea no perder la capacidad de hacérnoslas. Seguir escuchando, seguir aprendiendo. Seguir dejando que las ideas conversen entre sí. Porque el conocimiento no es un destino al que se llega, es un paisaje que se explora. Y quienes amamos aprender rara vez nos quejamos de que el horizonte siga alejándose. Sonreímos, porque sabemos que eso significa que todavía queda mucho por descubrir.
Quizás nunca sepamos si los extraterrestres existen o si las historias que construimos sobre ellos son el mito fundacional de nuestra época. Tal vez ambas cosas puedan coexistir mientras seguimos aprendiendo. Pero después de salir del cine me quedó una pregunta mucho más importante que cualquier revelación extraterrestre. Si la última palabra de la película fue “Escucha”, entonces la verdadera pregunta no es qué querían decirnos ellos. La verdadera pregunta es:
¿Estamos realmente dispuestos a escuchar?
Lissie

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